Después de 13 años, el invidente Clemente Ñaco regresó a Satipo y se reencontró con sus parientes. Perdió la visión en un ataque terrorista.
Cuando Eugenio Clemente Ñaco se emociona, algo pasa en su cuerpo. No sabe explicar a plenitud lo que sucede con su anatomía en esos momentos, por eso mueve los hombros y parte del abdomen en un esfuerzo por trasmitir su experiencia. “El estómago me fastidia”, dice, y eso sí se le entiende. “¿También se te paran los vellos?”, pregunto, y él se toma su tiempo para buscar en la última emoción fuerte que sintió -cuando se reencontró con sus familiares después de 13 años-, si sus pelos lo incomodaron. “También”, responde con duda, como para que la pregunta no sea avergonzada con una negación.
En el aeropuerto de Trujillo, un día antes del reencuentro, Eugenio empezó a sentir esos escalofríos emotivos. Estaba callado. Sentado al lado de su esposa Rocío Espinoza y recibiendo, por momentos, los abrazos y besos que sólo su hijo de cinco años sabe dar. El bastón de metal que utiliza para desplazarse lo movía con insistencia
Eugenio es ciego. Perdió la visión en 1993 en la lucha contra el terrorismo. Cuando fue rechazado del Ejército por su corta edad – tenía 16-, se alistó en la ronda campesina de su comunidad, Mapitamani, en Satipo (Junín). En un combate con los subversivos una granada explotó cerca de él y destruyó su aparato visual. Desde ese entonces su noche es perpetua.
Llegó a Trujillo para estudiar en el colegio de invidentes Tulio Herrera de la urbanización El Sol. Aquí conoció al amor, se casó y tuvo un hijo.
Esa tarde en el aeropuerto, Eugenio esperaba el avión que lo llevaría a Lima, en donde se subiría a un ómnibus rumbo a Satipo, provincia que defendió del terrorismo y que lo vio partir ciego.
Quería que su esposa lo acompañé, pero era imposible. El presupuesto que manejó la Defensoría del Pueblo, sólo consideraba dos viajeros: él y la representante en La Libertad de esta institución del Estado, Yolanda Falcón Lizarazu, quien, en el terminal, demostró sus dotes de camarógrafa novata.
Eugenio es una víctima de la guerra interna, por ello la Defensoría del Pueblo trabajó su caso y el viaje a Satipo fue una acción para intentar resarcirlo del daño que padece.
El reecuentro
Los escalofríos emotivos son espantados por el hambre. Esa tarde comió esa mentira de alimento que sirven en el avión y, por la noche, en el ómnibus no probó bocado. Cuando llegó a Satipo el hambre era insoportable. “El estómago se da cuenta”, explica.
A la hora del desayuno, en el hotel, Yolanda Falcón, confirmó que un ciego come igual a un vidente, sólo que antes hay que indicarle donde está cada uno de sus alimentos. “Ese viaje ha sido una reeducación para mí. He sentido en carne propia todas la dificultades que tiene una persona discapacitada para desplazarse por la ciudad”, confesó Falcón
Cuando el hambre pasó, otra vez el temblor en el cuerpo se presentó. Cerca de las 10 de la mañana, se dirigieron al despacho de la Defensoría del Pueblo. Allí estaban los familiares. Eugenio vestía camisa azul, el color de la confianza, la armonía y afecto, el mismo que se expresó en cada abrazo y beso que recibía de los familiares que lo daban por muerto.
Cuando resultó herido en el enfrentamiento con los subversivos. Eugenio fue evacuado a Lima. Ningún familiar recibió noticias de él. En el campo de batalla sólo encontraron su mochila. Sus parientes lloraron ese objeto.
Meses antes del reencuentro, la Defensoría del Pueblo pactó un acercamiento a través de la línea telefónica. Eugenio habló desde Trujillo con sus parientes, pero para ellos una muerte no se desecha con una simple comunicación por el aparato que inventó Graham Bell. Querían verlo. Por eso ese día, en Satipo, su tía de cariño Victoria Pachacamac Chang lo tocaba y pasaba sus manos por delante de su vista para confirmar su ceguera. Sus primas lo tocaban y sus amigos no se cansaban de mirarlo. ¿Y su madre? ¿Y sus hermanos?
Antes que parta a Satipo, Eugenio se enteró que su mamá falleció a manos de los terroristas. Cuando llegó a esa ciudad, tuvo la esperanza de encontrarse con alguno de sus cinco hermanos. Pero no fue así. Ninguno de ellos llegó a la cita, porque nadie conoce sus paraderos. La pequeña decepción que lo invadió se fue con el cariño que le expresaban los presentes. Eugenio tiene la esperanza que con la colaboración de los medios de comunicación – concitó la atención de todos- y la ayuda de su tía Victoria puedan ubicarlos.
Luego de los abrazos y de reconocerse, llegó la comida. Que mejor manera de sentirse en casa que degustando el plato de fiesta de la zona: pachamanca, que corrió por cuenta de sus primas, y el masato que llevaron sus paisanos de la comunidad de Mapitamani, los hermanos Ricardo y Faustino Carhuancho Taype.
La carne cocida con el calor de las piedras calientes y el color rosado y sabor agradable de la bebida a base de yuca, lo devolvieron a la adolescencia que fue interrumpida por un flagelo que hasta ahora nadie entiende. Entre peruanos empezamos a matarnos, sin medir y reparar daños. “Un poco que me querían ganar las lágrimas”, confiesa Eugenio por la evocación.
De lo que se enteró y que le ha partido el alma, es la forma como perdió la vida su madre. “Yo pensé que los terroristas la habían matado de un balazo”. Su tía le confeso que su progenitora fue torturada salvajemente por los delincuentes. Cuando Eugenio termina de contar ese pasaje, el silencio lo embarga; pero luego con la grandeza que sólo tiene una persona que vive la vida con intensidad, proclama con orgullo que la fruta en su tierra es barata, que compró una caja de naranjas a cuatro soles, y que más caro le salió traerla: en el aeropuerto le cobraron 16 soles para que la embalen.
10.06.2006
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