2.16.2009

Tres días en el spinning




El encanto de montar una bicicleta estacionaria se esconde detrás de una cortina de mucho dolor.¿Por qué la gente se somete a ‘torturas’ para perder peso?



Primer día
Cuando cruzo la avenida, una de mis piernas se revela contra mi cuerpo. Quiere descansar en un lugar equivocado; en medio de la pista, en un sitio reservado para los (irresponsables) conductores de Trujillo.

Trastabillo; pero felizmente sólo fue un arrebato, una protesta ligera, pero contundente debido al agotamiento físico al que he sometido a mi extremidad minutos antes, en mi primer día en el gimnasio.

Mi pie izquierdo —por definición— es el Túpac Amaru de todo mi cuerpo. Él ha lanzado el primer grito de libertad por tanta opresión; pero es sofocado con rapidez por el resto de mi anatomía, que adolorida y quejosa, considera inoportuno el lugar de protesta.

Los culpables de la rebelión fueron los 45 minutos encima de una bicicleta estacionaria. He probado del archifamoso spinning, esa punta de lanza de los ejercicios de salón, que fue inventado en 1992 por el profesor y ciclista norteamericano Jonathan Goldberg, conocido como ‘Johnny G.’

Cuando uno se ‘acerca’ por primera vez al spinning piensa que todo es fácil, que estar encima del vehículo pedaleando y pedaleando, con la esperanza de quemar grasa y bajar de peso, es un juego de niños; pero no lo es.

Empiezo ligero, fresco. Como sé manejar bicicleta, me siento dueño del mundo en ese ambiente demarcado por una pared de espejos y un tripley. Dos vehículos están libres.
La mayoría de alumnos son mujeres. Sólo hay cuatro varones. Siento que el menor de ellos, soy yo. Aquello más que enorgullecerme dimensiona mi compromiso: Ningún viejo me puede ganar.

Esos veteranos tienen más experiencia y luego de unos minutos siento que mi alma quiere abandonarme. Estoy con la respiración a 100 por hora, con la lengua afuera y ellos están frescos, ligeros y dueños del mundo. Estoy derrotado, en el asiento duro —como concreto— de la bicicleta. Si por mí fuera abandono todo, pero la vergüenza me obliga a seguir. Lo que más rabia me da es que uno de los asistentes sea un gordo que, en ese momento de mi fiasco, parece ser, encima de su ‘bici’, el gordito más feliz de mundo.


Segundo día

Más que por gusto voy por evitar el disgusto, para escaparme de la vergüenza. Me siento todavía un alumno del gimnasio por el maldito ‘qué dirán’. Por nada del mundo estoy dispuesto a soportar la retahíla de burlas de mi familia y amigos por, supuestamente, abandonar los ejercicios en el primer día.

Cuando digo que no me importa nada del mundo, me refiero también a mi cuerpo maltrecho. Son las 6 de la mañana y bajo de escalón en escalón, con las piernas a punto de reventar, las escaleras del edificio donde vivo. Si por ellas fueran, aún estarían cómodas y relajadas en la cama.

Por eso en cada paso protestan porque saben que las llevo al que ayer fue su cuarto de tortura. Mi esposa camina a mi lado. Ella camina, yo cojeo.
El dolor más acentuado proviene de mi muslo derecho. Conversamos —con mi esposa— de cosas de la casa, de César Joaquín (nuestro hijo) quien va empezar sus clases en la piscina, del trabajo, de las cuentas, del bendito recibo de teléfono (mi celular); pero ninguna de las alegrías y preocupaciones saca de mi cabeza el tormento corporal.
“Hoy te va dolor menos, vas a ver”, me consuela la mujer a quien juré amar en las buenas y en las malas.

Es otra instructora quien me espera. Pienso que el hábito del verdugo es el mismo, sólo ha cambiado la cara. Me pregunta que si es mi primera vez, quiero responderle que sí. “No”, la segunda.

Calibro la bicicleta y a pedalear se ha dicho. Uno, dos, tres. La música es de gimnasio. El trasero me duele menos o creo que es más tolerable a la dureza del asiento. El sudor empieza a brotar por todo mi cuerpo. Una de las virtudes del spinning es eso: sudas todo el cuerpo. Mis piernas sufren de amnesia. ¡Ya no hay dolor!

Entonces imito a todos los demás, me paro sobre los pedales y empiezo a darle uno, dos, tres. Bravo, bravísimo. En ese momento, mis extremidades recobran la memoria y vuelvo a ser el novato de siempre, el pobre y triste principiante que no soporta el dolor y se resigna a pedalear sentado sin esforzarse, mirándolos como los demás queman su sebo con mayor celeridad, con elegancia, con estilo. El cuy mágico que ayuda a bajar de peso está con ellos, no conmigo. No hasta ahora.


Tercer día
El spinning, también llamado indoor cycling, es un entrenamiento aeróbico que entre las ventajas para el cuerpo, destaca el fortalecimiento al sistema cardiovascular y el sistema respiratorio, quema colesterol y calorías innecesarias, fortalece los miembros inferiores dándoles mayor fuerza.

Mi esposa otra vez me ha dicho que esta vez me va doler menos. He sentido que sus palabras, antes que aliento, han lacerado mi alma y mis piernas. Y pensar que juro amarme toda la vida. El dolor muscular ha ido en aumento.

Caminar para ir al trabajo — en especial, bajar y subir las escaleras— ha sido una pista de comando. Ni que decir al momento de sentarse en el inodoro: un tragedia para posarse, una odisea para levantarse. Hoy la amnesia de mis piernas duro más. Me ha permitido estar al ritmo de todos por lo menos 10 minutos. Luego regresaron los fantasmas, la vergüenza; pero ahora la tolero más. Me importa un bledo lo que piensen los compañeros y hasta la profesora del Total Gym. No pienso esforzarme en demasía, primero están mis piernas.

Ha terminado la clase y le he preguntado a la instructora cuando será el día que esté igual al resto. “En un mes”, me responde Rosa. Un mes es una eternidad.

3.11.2008

En nombre de mi gata

David Tam Chiong está moviendo cielo y tierra para recuperar a su mascota de raza persa que lleva perdida 15 días. La última noticia que tuvo de ella proviene de Vista Alegre. Paga avisos, reparte volantes y ofrece recompensa, ¿Se puede querer tanto a un animal? (publicado en el Diario La Industria el 10-3-2008)


Cuando hay amor no importa el sexo, tampoco que el ser amado camine en cuatro patas, que todo el cuerpo lo tenga cubierto de pelos, que duerma como una perfecta holgazana y que no hable sino maúlle y ronronee. El amor a las mascotas es igual de inexplicable al sentimiento entre personas. Ese afecto no se razona, se siente y, a veces, se observa.

Por eso hay que apreciar a David Tam Chiong conducir todos los días de su casa, en la urbanización El Recreo, hasta Vista Alegre en el distrito de Víctor Larco ?un lugar que le es inhóspito debido a sus pimpollos dos años de residencia en Trujillo?, a repartir volantes con la foto de su gata de nombre Sasha, de raza Persa, de color blanco, de ojos celestes, de cuatro kilos de peso (cuando se perdió) y que fue vendida por 15 soles por un lavador de carros que se la llevó de la esquina de su casa.

Hay que verlo tranquilo ?aunque la procesión va por dentro? acudir a la Empresa Editora La Industria de Trujillo y pagar para que publiquen un aviso con la foto de su mascota que el pasado martes 26 de febrero al ver que la ventana del segundo piso estaba abierta se aburrió de ser un gato encerrado,activó su instinto salvaje y se fue a dar una vuelta, sin boleto de regreso,por la selva de cemento.

Por su descendencia oriental, pareciera que David hablara riéndose. Pero no es así, al menos por estos días no tiene motivos para dejar entrar la felicidad en su casa, en donde en antaño despachaba el propietario de la desaparecida orquesta Ballaney. La angustia por la pérdida de su mascota ha alterado su ritmo de vida, el de su familia y hasta ?al parecer? su anatomía: la tarde que me recibió en su domicilio tenía el ojo derecho verde e hinchado.

La mascota se perdió entre las 12 y la 1:30 de la tarde. David dice que fue descuido de la persona a quien paga para que la cuide; pero también del comportamiento delincuencial del lavador de carros de la Villa de Suboficiales de la Policía Nacional. El sujeto vio aquel martes en Sasha la peligrosa combinación que toda mascota no debe exhibir: sin amo y bonita. La metió en el balde que utiliza para limpiar autos ajenos y se la llevó lejos de allí, para venderla al equivalente de cinco menús de tres soles. Sasha fue plagiada en la que tendría que ser una de las esquinas más seguras de la ciudad.



David Tam tiene 33 años y empezó a querer a su gata Sasha desde que se la reglaron a su entonces novia y actual esposa, Rosse Mayre Valverde López."La hemos criado desde chiquitita, hemos vivido un montón de cosas con ella. Hasta conocemos a sus padres", cuenta, mientras busca en su celular fotos del minino ausente.

La más afectada por la desaparición es su esposa ?-quien prefirió no colaborar en este texto?- y Boris, la cría de Sasha, quien anda intranquilo,huidizo y con la cara desconsolada igual a la del Gato con Botas de la película Sherk.

Los especialistas dicen que las mascotas sirven para satisfacer necesidades psicológicas como compañía, juego, manejo de estrés, estatus y jerarquía. David y Rosse Mayre llevan, después de un largo noviazgo, año y medio de casados y aún no tienen hijos. "Sasha siempre nos ha dado compañía. Acá enTrujillo, desde que hemos venido no hemos visto a un ejemplar de su misma raza", asevera con orgullo.
David sacaba a pasear a Sasha sujetada a una correa como si fuera un perro."Es que es grande. ¡Un gatazo! Perdón, gataza", por fin ríe de verdad.

A los gatos persas se les conoce como'Œcara de muñeca' debido a que tienen ojos grandes y narices pequeñas, tal como las colegas de Barbie. Son de carácter tranquilo y, también, se le dice 'Tigres de sofa' porque les gusta dormir y descansar. Esta raza exige mucho cuidado y dedicación. Como el que tuvieron David y su esposa cuando se mudaron de Lima a Trujillo.

En un viaje anterior a Trujillo la trajeron por tierra y Sasha sufrió mucho por las casi ocho horas de viaje. Por eso aquella vez decidieron pagar boletos en avión para evitarle la fatiga del traslado. Pero con lo que no contaban fue quelos trabajadores de la aerolínea se olvidaron de sacar de la bodega a la gata y el avión despegó del Aeropuerto Carlos Martínez de Pinillos con destino a Tumbes con Sasha a bordo. Después de cuatro horas de angustia la aeronave volvió a aterrizar en Huanchaco y esta vez sí dejó a Sasha con sus dueños.

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Cuando David se enteró por una vecina que el lavador de carros se había llevado a su gata lo buscó y lo encontró en el Ovni, la ex discoteca de propiedad de un narcotraficante y que en la actualidad sirve como dependencia de la Policía Nacional del Perú. Con ayuda de un amigo policía lo interrogó y ?sin buscarle cinco pies al gato? el delincuente confesó con celeridad que se la dio a su esposa quien la vendió a una vecina en Vista Alegre.

Desde entonces, David acude a ese sector de la ciudad. Llegó a la casa de la vecina que compró a Sasha, quien aseguró que la gata se escapó por el techo de su casa. Otra mujer le dijo que vio al animal sola y asustada a la medianoche en la calle. David reparte volantes, conversa con gente que no conoce y ofrece recompensa. "Hay quienes nos dicen que la han visto en tal casa, otros por tal calle, otros en tal corral. El asunto es insistir y peinar siempre la zona hasta encontrarla".

En casa, Sasha estaba acostumbrada a comer Prescriptil Dict C/D Feline que se compra, la bolsa de 1.8 kilos, a 45 soles, y Fancy Feast, un combinado de carne y pescado que viene en presentaciones semejantes al tarro chico de leche. Por estos días a David Tam no le preocupa qué cosa está comiendo su mascota, sino qué no está comiendo. "Yo creo que ella no está en alguna casa, sino en la calle", confiesa.

Hay en internet un texto que afirma que las mascotas nos hacen mejores personas porque, entre otras cosas, a) Ayudan a los niños a ser responsables, contribuyen a que aprendan valores como el respeto a la vida,la amistad, el amor a los animales. b) Disminuyen los sentimientos de soledad, porque tener a alguien que siempre espera en casa provoca que las personas se sientan más seguras, confiadas y protegidas. c) Otorgan buen humor (las mascotas siempre saltan, corren) d) Obligan hacer ejercicios,porque necesitan salir a caminar, correr. e) Suben la autoestima, porque las atenciones que demandan reducen el tiempo de inacción, y hacen que la persona sea útil, y e) Eliminan el estrés. Un estudio muestra que quienes tienen una mascota poseen un estado de ánimo más alto y periodos menores de depresión, en comparación con los que no tienen.

Aunque no lo ha dicho explícitamente, es tácito que todas estas gracias y algunos beneficios provocaba Sasha en la familia de David.Las ventajas de tener un gato como mascota son muchas, entre ellas: pueden vivir sin ningún problema en una casa o en un departamento, son más limpios y silenciosos que los perros, se le puede castrar a la hembra y al macho,etc. "Pero, el gato cuando lo llamas si quiere te hace caso. En cambio al perro lo silbas y está a tu lado", dice David, como el padre que reconoce en voz alta los defectos del hijo.


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Según la historia, no se sabe exactamente cuál fue la primera cultura en domesticar a los gatos, aunque siempre se ha asociado a los egipcios con esa tarea. Se cree que la razón por la que lo hicieron fue con el fin de mantener a las ratas y ratones fuera de los graneros. Para los egipcios eran animales sagrados y, como tales, el castigo por matar a uno de éstos era la muerte. La diosa Bastet fue representada con cabeza de gato.

Wikipedia afirma que durante la Edad Media, se pensaba que eran familiares de las brujas Se los quemaba vivos o se los tiraba desde lo alto de los edificios durante las festividades. En el mundo occidental es común la creencia de asociar al gato negro con la mala suerte. Para las personas supersticiosas, que se cruce un gato negro en forma súbita, es augurio de infortunios. Felizmente, Sasha es blanca y, al menos por estos días de vagabunda, no será vista como un heraldo de desgracias.

Esta es la segunda vez que la gata de David Tam se pierde en Trujillo. La primera fue en Navidad del 2006. Estuvo fuera de casa cinco días. Ahora van cerca de 360 horas de ausencia, y cada vez la desesperación aumenta, la esperanza se socava y la resignación toca la puerta. "La esperanza es lo último que se pierde y vamos a buscarla hasta el final", contesta David.

El último aviso que publicó en La Industria y Satélite ofrece 100 dólares de recompensa por Sasha.

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Ayude a encontrarla. Si usted sabe algo de Sasha no dude en comunicarse al 249458 o al 9707214.También puede acudir a Canadá 192, urbanización El Recreo.

12.10.2007

Llegar a los 30




Alcanzar la base tres es un punto de quiebre en la vida. ¿Es una oportunidad o una crisis? Controversia. Se es muy viejo para ser joven y muy joven para ser viejo.

En internet circula un cuestionario de 115 cosas que todo buen varón y buena mujer debe haber cumplido antes de llegar a los 30 años. Hay preguntas como ¿sabes exactamente dónde queda y para qué sirve la próstata?, ¿te has ido de casa? ¿le has quitado la pareja a tu mejor amiga/amigo?, ¿has hecho llorar a una mujer/hombre?, ¿has llorado por una mujer/hombre?, ¿tienes trabajo?, ¿sabes manejar?, ¿has peleado a puños?, ¿sabes planchar y doblar camisas?, ¿has hecho el amor en por lo menos 10 posiciones diferentes?, ¿ha consumido marihuana?, ¿el banco te llamó por tener sobregiros?, ¿has sembrado un árbol?, ¿te has imaginado Presidente de la República?, en fin.
La mayor cantidad de respuestas afirmativas determinan, según esta prueba, que usted está seguro que la vida es una sola y que por ello la ha vivido intensamente, sufriendo y gozando con toda clase de experiencias.
En contraparte, si usted tiene la mayor cantidad de respuestas negativas es – por decirlo menos- un tremendo gansazo que no se da cuenta que ha llegado a la base 3, y el tren de la vida se le está pasando, sin poner en práctica un ápice de lo dicho por la filosofa Susy Díaz “vive la vida y no dejes que la vida te viva”.
Llegar a los 30 años implica un cambio en nuestras vidas, y todo cambio es, por naturaleza, un conflicto. Los 30 es un estado complicado en la vida de las personas. Un amigo nacido en Trujillo quien por estos días le saca lustres a su Ph.D me dijo por messenger desde Dinamarca que a los 30 no sabes quien eres: “O muy viejo para ser joven o muy joven para ser viejo”.
A los 30 se nos escapa la juventud y todas las rosas que ella tiene. La preocupación centrada en la diversión (vestirse bien, ir a todas las fiestas habidas y por haber) se transformará en la necesidad imperativa de formarte un futuro, porque el futuro a los 30 llega para quedarse y si no te lo has forjado uno adecuadamente empiezan los problemas.
El español Jean Bedel escribe en su blog que pasamos de pensar en divertirnos a pensar en el trabajo, en la pareja, hijos, en compromisos, en la vivienda, en el dinero, en la salud, en la estabilidad y en todos los problemas de la vida adulta. “La presión social se hace evidente. Los conceptos éxito y fracaso cobran una nueva dimensión. Hay que madurar, y rapidito. Cambia en definitiva tu perspectiva vital. No digo que sea malo. Es ley de vida”, dice.
La crisis de los 30 traspasa fronteras y latitudes, para ella no existen diferencias de clases sociales, no repara en países desarrollados, subdesarrollados o en vías de desarrollo, no diferencia el grande del chico, el negro del blanco, el flaco del gordo. Es un aprieto universal. Por eso lo que confiesa una española por internet (“me siento joven, pero cuando me miro en el espejo la imagen ya no es de una jovencita, hasta pienso a veces que eso afecta a mi relación de pareja, como que ya no le gusto como antes, y creo que él comienza a fijarse en otras muchachas. Esa mugrosa crisis de los 30. Ojalá pronto termine) es tan propia y cercana para cualquier mujer de esta parte del planeta.
Mi amigo Eduardo Castrillón Watanabe, el flamante Ph.D (Philosophiae Doctor), precisa desde Europa que llegar a los 30, en el Perú es empezar a vivir la década que marcará la mitad de nuestra existencia, si se considera que la expectativa de vida de nuestro país es de 71 años, según la Organización Mundial de la Salud. “Los 30 años es el punto perfecto para hacer un balance en la vida. Qué hice y qué me falta hacer”, confiesa.
Agrega que ha aprendido a jugar con esa doble sensación de vejez y juventud. “Es la edad perfecta para usar de manera racional tu juventud. Tienes la suficiente experiencia para no ser un joven ingenuo y la suficiente vehemencia juvenil para no darte por vencido y seguir luchando por los temas imposibles”, cuenta Eduardo, quien tiene 38 de edad y hace cuatro años salió del país con el objetivo de conquistar el mundo “me di cuenta que no se puede”, reconoce.
Pero no todo es malo a los 30, un compañero de trabajo con quien coordiné la ilustración que acompaña este texto, me contestó que a esa edad hay cosas que se vuelven color rosa. “Duras más”, destacó en referencia la prolongación del placer que ofrece el encuentro carnal.


Los 30 en Trujillo.
¿Pero que es tener 30 años en Trujillo? Yo aún no tengo esa edad, estoy en el umbral, pero creo que llegar a la base 3 en nuestra ciudad es estar convencido que no hay otro mejor lugar para pasarla bien el sábado por la noche que el Canana, con su peña criolla y sus parejas de baile, o el Chelsea, con toda su elegancia y exclusividad. Nada de Mecano, Bizarro, ni Barra. Son para chibolos.
Llegar a los 30 en la ciudad donde hace poquito el Apra perdió su hegemonía municipal de 40 años, es unir hasta que la muerte lo separa al fulbito y las cervezas. Después de cada pichanga tiene que llegar las chelas. O dicho de otra manera, la pichanga es el pretexto perfecto para beber con los amigotes.
Llegar a los 30 años en el pueblo donde la gente hace largas colas para ingresar a los flamantes centro comerciales llegados de la capital, es convencerte que no sólo de noche puedes protagonizar las grandes diversiones de tu vida. El día también sirve para divertirte. Mi mejor amigo me contestó la última vez que le propuse unos tragos de noche, que mejor nos reuniéramos de día para comer una parrillada con las esposas y los hijos. ¡Exijo una explicación!
Llegar a los 30 años en Trujillo es –para las mujeres- visitar con más frecuencias la peluquería, teñirse el pelo cuantas veces sea necesario para disimular los años. El maquillaje empieza adquirir la dimensión que el escritor Santiago Roncagliolo enuncia en su novela Pudor: sirve para disimular defectos o para realzar cualidades.
Llegar a los 30 años en la ciudad que vio nacer a la última Miss Mundo que el Perú ofreció al planeta, es morirse de envidia de los adolescentes actuales, porque sus potenciales enamoradas son reinas de belleza. No es que antes no había mujeres bellas. En antaño sí eran guapas, pero ahora las jovencitas tienen la oportunidad de asistir a las escuelas de modelaje y centros de belleza donde les enseñan a tener una mejor actitud estética, es decir sentirse bellas y proyectar su belleza. Antes –si se quiere- la belleza era sólo silvestre, ahora es más profesional. Da cólera no ser contemporáneo con ‘Maju’ Mantilla.
Ahora, tener 35 años en el Perú es sentirte dueño del país y hacer con él lo que se venga en gana, como por ejemplo estatizar la banca, mandar al diablo la económica, crear una moneda para que los amigos disfruten de ella, aislar al país del mundo financiero internacional, dejar una inflación de 7 mil por ciento, construir un tren eléctrico que no funciona, ordenar que acaben con un motín a punta de balazos, crear el hábito de las colas en los peruanos y adorar la figura legal de la ‘prescripción’.
Tener 35 años en el Perú es, también, pedir perdón por los errores de pasado (“fue por el apetito desordenado y la vocación de poder”), pedir una segunda oportunidad y volver a ser presidente de la República. Quién te vio, quien te ve Alan García.


* La ilustración Jean Izquierdo

12.05.2007

Diarios de bicicleta





Facundo Mattos es argentino, tiene 23 años y recorre el continente a puro pedal. Vendió desde una patineta hasta una computadora para emular al ‘Che’ Guevara ¿Cómo se ve el mundo desde una birueda?



Facundo Mattos es un adicto empedernido. Lleva dos años entregado en cuerpo y alma a consumir una droga que lo mantiene vivo. Vendió todo, desde la patineta hasta la computadora, para seguir sus instintos y golpearse con realidades deprimentes que jamás imaginó conocer en su tranquila vida de ciudad.

Poco le importó lo que le dijo papá, mamá y sus hermanos. ¿A qué adicto le importa lo que diga su familia? Lo suyo fue arrebato, ímpetu y vehemencia para conseguir esa Fuente de energía (dixi Estopa) que le ha cambiado la vida en 180 grados. No utiliza su apellido paterno, como el común de las personas, sino el materno.

Antes de caer en las garras de esa droga, que por cierto es especial, era un chico normal con un futuro prometedor en la ciudad más europea de Sudamérica, Buenos Aires. La empresa dedicada a la venta de computadoras y al diseño de páginas web, que abrió en la capital argentina con un socio, marchaba viento en popa; pero un furor lo obligó a sucumbir a las tentaciones de una actividad que ha transformado al mundo y a través de la cual nos conocemos a nosotros mismos y al resto: viajar.
Esa es su droga y la energía que lo mantiene vivo. “Viajar es terriblemente adictivo”, dijo una mañana, luego de recorrer más de 6 mil 500 kilómetros en bicicleta, a un grupo de alumnos de la Universidad Privada Antenor Orrego (Upao). Todos le creyeron.

Su adicción por el viaje es poca ortodoxa: lo hace en bicicleta. En septiembre del 2005 salió de casa con la intención de recorrer a punto de pedal la parte norte de su país; pero después de más de dos años continúa pedaleando.

“Yo quería conocer muchas cosas, salir, golpearme, experimentar otras realidades, por eso decidí dejar todo en Buenos Aires, vender todo –hasta el auto– comprar la bici, viste, y salir a pedalear”, contó como si planificara un paseo de fin de semana. Por la venta, efectuada por internet, logró reunir 7 mil pesos. “Algo así como 7 mil soles”, precisa Facundo, quien reconoce que la vida de su compatriota Ernesto ‘Che’ Guevara, en especial lo que escribió en el libro Diarios de Motocicleta (llevado al cine con la actuación del mexicano Gael García) también, lo motivó.

Cuando llegó a la frontera con Bolivia el ímpetu le ganó y cruzó la línea. Llegó hasta La Paz y regresó a Buenos Aires, porque se le acabó el dinero y porque quería vestir a su viaje con un marco conceptual que permita que todos conozcan lo que está haciendo. Nace entonces el portal www.pedalporlapaz.com, en donde se encuentra información detallada y actualizada del recorrido que cubre a bordo de su inseparable Clementina, su bicicleta. El regreso a Buenos Aires fue en bus. Su compañera se quedó en la capital boliviana.

Desde entonces su desplazamiento se convirtió en una cruzada por conocer otras culturas y trasmitir un mensaje de paz, tolerancia, respeto a los derechos humanos y ayuda a los demás. En su sitio web expone no sólo los bellos atractivos turísticos o las interesantes culturas del continente, sino también la cruda realidad social que se encuentra a su lado. Su meta es llegar a México.

Su nombre completo es Facundo Schenone Mattos. “Nombre español más apellido italiano, igual argentino”, bromeó. Su apellido materno, aseguró, es de origen portugués. “Para el proyecto pedalporlapaz.com necesitaba un nombre de fácil recordación. Schenone, como que no ayudaba mucho, por eso opté por emplear el nombre de mamá”, explicó.


Te cocino porque te quiero
Con las energías recargadas y con dinero, Facundo retomó el viaje. Salió de La Paz e ingresó al Perú por Puno. Pedaleó al Cusco, regresó a Puno para llegar a Arequipa y utilizó la carretera Panamericana para cruzar nuestro país.

Una familia de Lima lo contactó a través de la página web y lo hospedó en su casa en El Callao. “No sabes la cosas que viví en El Callao. Fueron mi familia adoptiva. Me trataron de lo mejor. Lima ha sido el lugar donde más tiempo me he quedado en lo que va del viaje: dos meses”, contó.

Facundo gozó como rey de la manera tan peruana de querer: la comida. El peruano demuestra que quiere en sazones y platillos. La gastronomía nos identifica y nos muestra como somos: generosos y amables. A quien no queremos, ni agua; a quien queremos, la mesa está servida. “Comí de todo. Unos platos impresionantes. ¡Uh! los mariscos, los pescados”, recordó una mañana soleada en Trujillo delante de una fuente de cebiche en un restaurante en el jirón Pizarro. “Subí siete kilos”, complementó.

En la capital, presenció una marcha por el orgullo gay, acudió a un concurso de platos típicos en un colegio cercano de la casa donde se hospedaba, pasó su cumpleaños (18 de julio) –con torta incluida–, aprendió parapente en la Costa Verde en Miraflores y se asustó con el terremoto del 15 de agosto.

“Doné la bolsa de dormir y algo de ropa y me registré en el Ministerio de Vivienda como voluntario para la reconstrucción de viviendas y esperé su llamado pero nunca llegó. Casos alarmantes de corrupción con respecto al tema sonaron en la televisión, como una funcionaria que fue acusada por quedarse con un camión lleno de donaciones”, escribió en su sitio en internet.

La falta de dinero, la renovación de la visa y del seguro médico lo obligaron a regresar a su país. A sus 23 años y a pesar del viaje, Facundo nunca dejó el trabajo de diseño de páginas web. Su socio busca clientes y él se encarga de crear el portal y mantenerlo actualizado desde el lugar en donde está. “Internet hay en todos lados”, subrayó y parece que se refirió al aire.


Llegó a Trujillo
Pasó septiembre y octubre en Buenos Aires. Otra vez con las energías recargadas retomó el viaje. Luego de cinco días de pedaleo, en los que recorrió 560 kilómetros, llegó el sábado 17 a nuestra ciudad. “Eh, está bonito Trujillo. Sí me gusta. Es más tranquilo que Lima”, expresó luego de acabar con la fuente de cebiche en el restaurante del jirón Pizarro.

Clementina, su bicicleta, no es de marca, ni sofisticada. Es un vehículo sin etiqueta y de modelo convencional. “Tengo que andar con algo que sea fácil de arreglar en el camino, que no necesite muchas cosas sofisticadas”, justifica.
c. “Caballero, nomás”, se resignó como si fuera un peruano más.

Una mañana, frente al mar de Huanchaco, disfrutando del arribo de los pescadores a bordo de sus caballitos de totora, Facundo confesó una queja y un temor. Lo primero se refiere a la calidad de servicio que, en todo el país, brindan los establecimientos turísticos (restaurantes, hoteles, entre otros). Luego de consumir un cebiche mixto –vuelve a expresar su debilidad por los mariscos–, reveló que su miedo por estos días es cruzar el desierto de Sechura. “Son 200 kilómetros donde no hay nada”. Por lo general, Facundo avanza por día entre 100 a 150 kilómetros.

Su objetivo inmediato es llegar a Guayaquil (Ecuador) antes del 17 de diciembre, pues existe la posibilidad de que regrese por vuelo a Buenos Aires a pasar Navidad en familia. “Ya sé lo que es pasar Navidad lejos y no es nada fácil”, confesó.
Las situaciones negativas de su viaje –reconoció– son el alejamiento de sus seres queridos, el perderse reuniones y acontecimientos de su familia y amigos, y pedalear horas y horas sin tener con quién conversar, el despedirse de gente agradable que conoció en el camino y que quisiera fueran sus amigos toda la vida. Si no está el 17 de diciembre en la capital económica de Ecuador, la Nochebuena será una noche de melancolía.

Para decir adiós
Su charla con los alumnos de la Upao lo dejó pensando mucho. Alguien le preguntó cómo se veía de aquí a dos años. “Esa es una pregunta muy difícil, porque ni siquiera sé como me veré mañana”, contestó.

En su discurso reiteró que viajaba por la paz y que su recorrido terminaba en México. No consideró a Estados Unidos porque “no tenía sentido difundir un mensaje de paz en el país más violento y generador de guerras”.

Un estudiante le sugirió que tal vez su viaje sería más admirable de lo que es, si pedaleara en el país de Mr. Bush, difundiendo su mensaje. “Viste, puede ser. Quién sabe. Tal vez llego, paso la frontera y hago todo Estados Unidos”, vacila. Antes de ello tiene que llegar al país azteca y cumplir el objetivo que se planteó cuando salió de su país y la llanta de Clementina posó tierra boliviana. Por lo pronto, hoy debe estar luchando contra el desierto más grande del Perú.

9.11.2007

Trujillo a ciegas

Tour por el centro de Trujillo reservado para invidentes. ¿Cómo se conoce a la ciudad con los dedos?


Vamos Eugenio, vamos a dar una vuelta por Trujillo, vamos para que toques esta ciudad que ya conoces, para que palpes esta urbe que siempre transitas, para que mandes al tacho ese estudio que dice que el 80% de los estímulos recibidos por las personas son visuales.

Tú no has necesitado los ojos para que te intimides con la ciudad de la cual tuviste noticia por primera vez después de que los terroristas activaran la granada que te dejó ciego.

Te desplazas por las calles con facilidad. Todos los días caminas desde Monserrate hacia tu centro de labores, en el centro histórico. Cruzas semáforos. Resistes el tráfico infernal, a los ambulantes que son unos “‘conchudazos’ porque dejan sus triciclazos en la vereda”, a la gente que bloquea las aceras con material de construcción y a los transeúntes insensibles que prefirieren el insulto antes que cederte el paso.

Hoy vas a experimentar la otra cara de la ciudad fundada por Diego de Almagro para que su socio Francisco Pizarro extrañara menos a su natal Trujillo de Extremadura. Hoy vamos a ser optimistas, mi hermano. Vas a confirmar con la sola ayuda de tus manos tu sospecha de que la capital de La Libertad, incluso vista en esa oscuridad sin sol, sin luna y sin estrellas, tiene algo de bello.

Es justo que después de tantos años de andar por el centro de Trujillo disfrutes de algunos de sus principales atractivos turísticos. Vamos primero a la Casona de La Emancipación.
Estamos en la esquina de Pizarro y Gamarra, y avanzamos hacia la puerta del caserón pintado de oropimente, color parecido al de la mostaza. Te digo, con toda la oscuridad de mi ignorancia, que el inmueble es una especie de museo que alberga exposiciones, presentaciones artísticas y culturales.

Lo primero que encontramos cuando traspasamos la puerta es una figura de un material de no se qué (maldita ignorancia) Te pido que la toques y me digas qué cosa es. Empiezas a ver con tus ojos. “Es una estatua”, contestas y las yemas de tus dedos siguen explorando. “¿Es una mujer?”, preguntas y te respondo que sí cuando tus manos están sobre los cabellos de la fémina. ¿Qué sostiene en las manos?, te reto y tú, rápido, vas hacia el objetivo. ¿Ah, unas piedras o unos adobes?, dices y ganas. Te pido que sigas tocando por detrás de la figura, ¿qué es esto?, parece que te asustas pero sigues. ¿Es un hombre inclinado, verdad? Ahora tú me preguntas y yo te digo que sí porque has reconocido a los dos componentes de la primera figura de la exposición que por estos días se presenta en la Casa de la Emancipación.

¿Te imaginas de qué color es lo que has tocado, Eugenio? Una sonrisa de resignación muestra tu cara. Eso no, dices apenado. Intento mitigar mi crueldad y te pregunto de qué color es el polo que vistes. ¡Verde!, la estatua es verde, expresas y tu alegría invade el ingreso de la casona, en donde, según los historiadores, se reunieron los antiguos trujillanos para organizar el primer grito de libertad en el país.

Antes de pasar al patio te pido que caminemos a la puerta. Quiero que conozcas las singulares tranqueras de las casonas trujillanas. ¡Son tablas!, exclamas porque pensabas encontrar un tallado. ¡Qué grandes!, agregas. Te confieso que lo que tocas es apenas una de las hojas. ¿Y estos fierros? Son adornos.

Ahora estamos en el patio. Te comento que este lugar pertenece al Banco Continental y te desorientas. ¿El banco?, pero ¿ese no queda en Gamarra?, y nosotros hemos entrado por Pizarro, reclamas. Te explico que la casona tiene dos ingresos. La parte financiera que conoces está en Gamarra y la cultural en Pizarro. Vuelves a tener control sobre el espacio físico y subimos unas escaleras.

Hay una mural que tiene otras representaciones. Tus manos empiezan a explorar. “Es la cara de alguien – descubres-; pero estos cachitos”. Estás tocando una máscara, querido Eugenio, de un dios cornudo. Tus manos descienden y encuentras otra máscara. ¿Es el sol? Consultas. Sí, pero tiene un componente más. Te esfuerzas. Sigues. Parece que te rindes; pero continúas. ¿La luna? Aciertas, y nos vamos a la Plaza de Armas.


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‘Turismo accesible para todos’, suena bonito, ¿verdad Eugenio? Es una de esas frases que el Perú copia del extranjero para sentirse menos pobre, pero cuando no puede aplicarlas en la realidad se siente más miserable.

Caminamos por el jirón Pizarro. Vas con tu bastón al que dominas a la perfección. El bastón – cuerpo y alma de la técnica Hoover- representa algo así como la extensión de tu dedo índice sobre el piso y te devuelve control de movimientos y desplazamientos.

‘Turismo accesible para todos’ no es otra cosa que la adaptación de los productos turísticos a personas con discapacidad (restricción músculo – esquelética, ceguera, dificultades de audición, voz y lenguaje y retardo mental).

En el 2001, Promperú divulgó una evaluación sobre el nivel de accesibilidad de la infraestructura turística de más de cien establecimientos entre hoteles, restaurantes, centros comerciales, atractivos, aeropuertos, iglesias y museos en las ciudades de Aguas Calientes, Cusco, Iquitos, Lima y Trujillo.

El informe es alentador pues considera que el país se encuentra en camino a la accesibilidad pero quedan muchos retos pendientes, algunos de ellos -estoy seguro, Eugenio- se encuentran en Trujillo.
-Estamos llegando, me dices cuando nos detenemos en la esquina de Pizarro con Orbegoso.
¿Cómo te imaginas a la Plaza de Armas?
-Grande, grandota.
¿Cómo así?
-Cuando la cruzo me canso.

La referencia más cercana de una Plaza de Armas es la que viste con tus propios ojos en Mazamari, distrito de la provincia de Satipo, en el departamento de Junín. Antes de que pierdas la vista -en ese ataque terrorista cuando tú con fusil en mano y con 16 años a cuestas representabas al Estado en su lucha antisubvervisa-, te paseabas en ese parque de palmeras y de juegos recreativos con tus familiares, de quienes no supiste nada desde que la noche se hizo para ti perpetua.

Esta plaza debe tener palmeras, comentas. Primero te digo que no, pero después de utilizar bien mis ojos te digo que sí. ¿Y tienen cocos? Ahora, con toda la seguridad del mundo te respondo que no.

En Mazamari la Plaza de Armas tenía juegos para niños, ¿crees que ésta tenga? No, respondes con absoluta certeza y con una sonrisa. ¿Por qué tanta seguridad? Porque si tuvieran mi hijo me tendría aquí todos los domingos.

Nos detenemos en los postes que instaló la anterior gestión municipal como parte del mejoramiento del parque principal. No son como los de luz que hay en la calle, ¿verdad? Estás en lo cierto, Eugenio, son tipo coloniales o republicanos (maldita ignorancia). Me vuelve la crueldad y te pregunto por su color. Verdes. Otra vez tu absoluta seguridad. ¿Estás adivinando? No, – contestas- creo que son verdes para que combinen con las palmeras y las otras plantas que debe haber.

Los postes tienen una figura grababa en alto relieve. La empiezas a ver con tus manos. Es un escudo pero no el de Perú, descubres. Pero tiene patas y esto… es un pico y una cresta. Es el grifo, Eugenio, un animal mitológico mitad león y mitad águila que abraza el escudo y que representa la fuerza y la audacia.

Ahora estamos en medio de la plaza, frente al monumento a La Libertad, estructura que se erigió en homenaje a las personas que gestaron la independencia del Perú en Trujillo y que fue inaugurado el 4 de julio de 1929. ¿Es una persona o sólo su rostro? me preguntas. En Mazamari – me cuentas- en el centro de la plaza principal había una estatua y en otros parques ‘sólo su cara’ (busto). Te comento que ésta es inmensa y que es obra del escultor alemán Edmund Moeller.

La parte inferior del monumento es octogonal con cuatro bases o pedestales que soportan a cuatro grupos de estatuas que representan el arte, la ciencia, el comercio y la salud pública. El segundo nivel o cuerpo tiene la forma triangular. En cada uno de sus vértices se encuentran las vigorosas figuras que simbolizan la depresión, la acción y la liberación; situaciones que tienen que ver con el alcance de la libertad. Luego se levanta una columna en forma de prisma que sirve de base para que descanse el mundo, encima del cual está la figura que personifica a la juventud, que sostiene en su mano derecha una antorcha, signo evidente de la derrota de las tinieblas en tiempos de opresión.

Vamos Eugenio, subamos las escalinatas. Estamos en el primer nivel. ¿Hay gente? Abajo sí, acá arriba no. Subimos más gradas para llegar al segundo cuerpo en donde están la depresión, la acción y la liberación. Tocas los pies de una de ellas. ¿Pucha, estos son sus dedos? Sí. Es grandaza, ¿no? Inmensa. Ya me imagino.
- ¡Señor, baje de allí!
Una mujer robusta y uniformada de celeste y azul como policía municipal se dirige sólo a mí. Ahora con un movimiento de manos reitera que descendamos. Un ratito, le respondo. Vamos Eugenio.
Hemos subido porque para que el señor conozca tiene que tocar, le explicó.
- Sí, pero el vende en Gamarra. Sí lo conozco.
Porque vende en Gamarra ¿no puede conocer el monumento? Siento que he alzado la voz. La gorda uniformada se ruboriza. Eugenio Clemente Ñaco no está siendo discriminado por su ceguera, sino por su condición de vendedor ambulante. Todos los días, recorre Gamarra y parte del jirón Pizarro ofertando hisopos y tiras para celulares.
Está muy mal lo que ha dicho, continúo con la uniformada. Ella no responde. Cuando nos ve en el primer nivel se marcha.


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Minutos más tarde estamos sentados en una de las bancas de la plaza. Quietos el frío se siente más. ¿Alrededor de la plaza qué hay? Casonas, te digo, y empiezo a enunciar las instituciones que las ocupan. Cuando llego al municipio me interrumpes. ¿Ya lo pintaron de nuevo? Sí. Ese Acuña se pasa, ¿es verdad que le puso el color de su partido? Sí, ¿como te has enterado?, te consulto. Así dicen en la radio.

Por las calles de Trujillo, también, dicen –querido Eugenio- que la figura que presenta la juventud en el Monumento de La Libertad fue castrada para guardar el recato y las buenas costumbres. ¡No!, te sorprendes. Dicen que era una cosa grotesca. ¿Qué está calatito? Sí. ¡Ah!, no pues, está bien, seguro lo han hecho por los niños.

El frío continúa y el estómago reclama el almuerzo. Ahora ya sé para conversarles a mis amigos. Es la primera vez que he ‘visto’ como es la Plaza de Armas.


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TENGAenCUENTA
Idea. En el 2002, Leonor Janampa Vidal presentó el proyecto ‘Museo tiflológico: una alternativa turística-cultural para el desarrollo sensorial de invidentes y discapacitados de Trujillo’, para obtener el título de licenciada en Turismo de la Universidad Nacional de Trujillo. Ninguna institución ha intentado llevarlo a la práctica.
Mercado. Son muchas las oportunidades que se le presentan al Perú si se desarrollara el turismo para personas con discapacidad, un segmento que se estima en 61 millones de personas provenientes de Canadá, Estados Unidos y Europa Occidental.
Así son. Las personas con discapacidad se caracterizan por permanecer más tiempo en el destino, gastan más dinero, viajan acompañados, hacen turismo en temporadas bajas, demandan más servicios y requieren atención personal y especializada.

7.24.2007

Estar en Venezuela


El agua cuesta más que la gasolina y cuando una bella venezolana expresa que se molesta, el peruano piensa que ella quiere llevarlo a la cama.¿El país que gobierna Hugo Chávez se parece al Perú de Fujimori y Montesinos?


Estar en Venezuela es escuchar la misma cantidad de veces el apellido Chávez y la interjección ‘coño’. “Coño, Chávez tiene cosas buenas y malas” pronuncia el mozo de un restaurante. “¿Dime coño, que se dice de Chávez en Perú?”, pregunta un taxista que goza con el combustible más barato del continente.
‘Coño’ no hace referencia, para los gobernados por un ex aviador, un aprendiz de presidente y un dictador en ciernes- todos en la piel de un gorila-, a la parte externa del aparato genital de la mujer, sino que sirve para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado. Se emplea, también, para apelar a quien nos escucha, o como fórmula de saludo, despedida o conformidad (eh, hola) ‘Coño’ para los venezolanos es – a veces- un ‘pucha’ para los peruanos.

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Estar en Venezuela es escuchar de los delineados labios de una hermosa mujer de telenovela venezolana que tú la arrechas. Un obeso narrador deportivo discutía con una agente de migraciones en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía en Caracas, cuando ella llena de ira le espetó “chico, usted me arrecha”. El periodista peruano se sintió como el galán de la última telenovela del clausurado canal RCTV. Después de unos minutos, el compatriota supo que el verbo arrechar en ese momento y en todo el territorio que Cristóbal Colón pisó en su tercer viaje al nuevo mundo, no tiene nada que ver con la calentura corporal y las ganas por estar pegaditos al sexo opuesto, sino con enfado, furia y cólera. Cuando los venezolanos se enojan están, simplemente, arrechos.

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Estar en Venezuela es olvidar por completo que de esta tierra es Guillermo Dávila, Ricardo Montaner y los hermanos Servando y Florentino, y empezar a creer que el reggeton, la salsa, la cumbia y el merengue tienen sus orígenes por estos lares. Un taxista de aproximadamente 30 años dice que Guillermo Dávila por más que cante “mamita ábreme la puerta”, él no lo deja que entre y salga por el equipo de sonido de su vehículo porque ‘Memo’ sólo sirve para hacer novelas. En el mercado principal del Estado de Mérida ninguna de las vendedoras escucha a los hermanos Primera, esos que dijeron que las peruanas que morían por ellos eran unas cholitas aguantadas. Gracias al dios que pone cada cosa en su lugar, sintonizan a nuestra Marina Yafac, quien a pesar de reducir a la mínima expresión nuestra virilidad y luego elevarnos a las estratosfera con “así son los hombres son una basura pero que bonito se siente que a una le guiñe un ojo”, reivindica el orgullo peruano.

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Estar en Venezuela es recordar al Perú de la década del 70 cuando gobernada el general Juan Velasco Alvarado y el de los 90 cuando en Palacio vivía Alberto Fujimori y en el pentagonito Vladimiro Montesinos. El primero porque la presencia de los militares es abrumadora. Los uniformados son como moscas en los bonitos pasteles que son las ciudades venezolanas. Es inconcebible que personal que es entrenado para la guerra, es decir para matar, tenga que tratar, armados hasta los dientes, con civiles.
Venezuela se parece al Perú de los tiempos del ‘Chino’, por su polarización. En las calles, Hugo Rafael Chávez Frías no es indiferente. Los venezolanos están con él o en contra de él. Los matices sólo se descubren cuando alguien dice “bueno ha hecho cosas buenas y malas”. Las demás referencias al mandatario son loas o groserías, críticas o alabanzas. Se parece, también, porque en la televisión existen programas total y vergonzosamente orientado a defenderlo de los opositores.

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Estar en Venezuela es caminar por la calle y escuchar en la radio que Hugo Chávez está hablando a su país. No es un mensaje a la nación protocolar, sino una charla coloquial y de rutina. Subes a un taxi y después que el conductor te castiga diciéndote la tarifa, continúas escuchando al presidente. Avanzas unas cuadras y sigues oyéndolo. Le pides al taxista que por el amor de Dios cambie de emisora y te responde que Chávez está ‘encadenado’ es decir que todas las emisoras están trasmitiendo lo que habla. Para que no te quedes con la duda hace una recorrido por todo el dial y es cierto: está en todas. Llegas a tu destino, haces tus cosas y después de dos horas te subes a otro taxi y otra vez el castigo de la tarifa y la voz de Chávez. Pero como no hay mal que dure mil años ni garganta que lo resista, lo oyes decir que “como me pidieron que sea breve me voy”, y felizmente se va.

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Estar en Venezuela es sentirse diabólicamente peruano contándoles a los habitantes de esa nación – luego que ellos te preguntan “Coño, ¿qué se dice de Chávez en Perú?”- que en nuestro país un comediante tiene como personaje principal a su presidente. Entonces te llenas de peruanidad, de callejón y de cómico ambulante y empiezas a imitar a Carlos Álvarez que a su vez imita a Hugo Chávez: “Mister Danger, mister Bush. Beodo, Hijo del demonio”. Luego les ves la cara de sorpresa a quienes te preguntaron. Se ríen por compromiso, pero eso no te importa porque tú estás en un ataque de risa. Su cara de sorpresa tiene dos posibles explicaciones: no entienden el chiste o es la nostalgia que nunca verán en su país a alguien que imite de esa manera a su presidente Chávez, ni nada parecido al Especial del Humor.

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Estar en Venezuela es pisar una tierra donde el litro de agua embotellada es más cara que la gasolina, y a pesar de ello, los taxis son caros. El dólar cuesta 2 mil 150 bolívares y por cada litro de combustible se paga cien bolívares. Para peruanizarlo, el galón de gasolina cuesta algo así como 40 céntimos. Ah, a la gasolina de 84 ni la conocen, se comercializan de noventa para arriba y cada vez que van a grifo ‘tanquean’.
Estar en Venezuela es llegar al restaurante del mercado del Estado de Mérida que no tiene espacio desocupado, pero un par de buenos samaritanos – el empresario Tony Moreno y su amigo odontólogo - te dejan sentarte en las sillas que sobran en su mesa y luego de comer te dicen que son de Caracas que han llegado a ese estado para ver el partido de Venezuela con Uruguay y que para llegar a Mérida desde la capital – una distancia similar de Lima a Chiclayo- han echado de gasolina 10 mil bolívares, algo así como 10 soles. No contento con eso te refriegan en buena onda que, el empresario, tiene dos carros y una moto y que en casa del odontólogo, quien es soltero y vive con su papá y hermanos, hay seis autos, uno para cada uno.
En Venezuela no existen Ticos de Daewo. El parque automotor está integrado por lujosísimos y modernos vehículos, así como por viejos y destartaladas ‘lanchas’.

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Estar en Venezuela es apreciar las últimas –felizmente- cavilaciones de Julio César Uribe al frente de la selección nación de fútbol. Es poner en negritas y en altas la irregularidad de un equipo que llegó gritando a los cuatros vientos que querían ganar la Copa América: Se jugó un perfecto partido ante Uruguay y uno desastroso ante Bolivia.

Estar en Venezuela es chatear con un amigo que está en el Perú quien te pregunta cómo es Venezuela y tú en busca de una respuesta original o por ganarte la simpatía de la muchacha que está a un lado en internet, le pasas de taquito la pregunta. Ella te dice que le digas a tu amigo que es un país de mujeres bonitas. Otro día, otro amigo desde Trujillo te pregunta lo mismo y otra chica está a tu lado y le pasas la inquietud y ella te responde igual “aquí hay mujeres bonitas”. ¿Por qué las venezolanas se creen guapas? Elemental, porque lo son.

6.05.2007

Érase una vez Ecuador

Un sorprendente e ingrato regreso al país del norte en busca de los recuerdos que ya
no están por culpa del dólar. ¿En la repetición está el gusto o toda repetición es una ofensa?




Una vez fui millonario: en el Ecuador del 2000. En aquel año, cualquier peruano que pisaba la tierra de los pasillos sentía que podía comprarlo todo, tenerlo todo y gozar con todo; porque el dinero no hace la felicidad pero la imita muy bien.

Cualquier compatriota se sentía como el turista gringo que llega a nuestro país a gastar su dinero y de paso a mirarnos, primero, como cosas raras y, después, como muertos de hambre.

Cuando estaba en pleno proceso de dolarización, llegué a Ecuador en viaje de promoción de la universidad. El sucre y el dólar eran las monedas aceptadas. Por entonces, en esa nación, el humilde y manso sol era una ¡Señora moneda! o un ¡Señor billete! Nuestro tuerto metálico se sentía rey en la oscuridad por la que atravesaba nuestro vecino en su afán por mejorar su economía.

Junto a mis amigos y compañeros, futuros comunicadores, nos paseamos como reyes por la movida y moderna Guayaquil, la veraniega Salinas y la hermosa Jambelí en Machala. En esos lugares gozamos con los placeres de beber, comer (no platos ecuatorianos porque esa comida es horrible) y comprar todo lo que jamás imaginaron nuestros bolsillos de bachilleres-mantenidos-por-papá-y-mamá.

Fuimos a una discoteca en Guayaquil –no recuerdo el nombre– donde pagamos seis dólares, por entonces 18 soles, para ingresar. El centro de diversión tenía tres niveles. El primero un sicodélico ambiente orientado al público joven adicto al tecno, rock y hit de moda. El segundo, un territorio para los que transitan entre la juventud y adultez con gustos por la salsa, el merengue y el vallenato. El tercero, era una zona exclusiva para mayores: mesas ordenadas y un cantante, secundado por las notas de un piano, deleitaba a las cabecitas blancas y a los abdómenes generosos.

Nos paseamos por todos los ambientes. Pero eso no fue lo mejor. Lo bueno, lo exquisito, lo chévere, lo ‘pajita pulenta’, lo alucinante fue que gracias a ese equivalente de 18 soles tomamos todos los tragos que en Perú jamás hubiéramos pagado con nuestros bolsillos de bachilleres-mantenidos-por-papá-y-mamá. Desde jugo de naranja, pasando por la clásica cerveza, subiendo al cuba libre, haciendo escala en el güisqui y llegando hasta el volcánico vodka. Era la primera vez que gozábamos con una discoteca de esas características. Unos años después llegaron a Trujillo centros de diversión semejantes; pero no a 18 soles.

Hubo dinero para uno y para los otros. Nunca compramos tantos regalos. Hasta para los compañeros de trabajo y amigos de trago alcanzó. Fue el semiparaíso. Después de ese viaje, toda la promoción quería volver a Ecuador, a recoger sus pasos y sentirse otra vez millonario. A finales de marzo, yo cumplí ese anhelo.


Hola Ecuador
El fotografiado cartel ‘Gracias por su visita’ (Thanks for your visit) en Aguas Verdes luce igual. El desorden y la suciedad no cambian en el puente internacional que nos une con Ecuador. Esta vez cruzo la frontera a bordo de un viejo bus de Cifa, empresa ecuatoriana que tiene su terminal en Tumbes, que me dejará en Guayaquil a cambio de seis dólares. Una parada en Huaquillas, me hace creer a mí y a la reportera gráfica Silvia Oshiro que podemos desayunar en 10 minutos.

La señora de la pequeña casa-restaurante, ubicada frente al paradero, promete que en cinco minutos estará listo el arroz con tortilla de camarones y patacones (plátano verde frito y chancado). No cumple su palabra la doña. Pasan los 10 minutos y el bus no espera e intenta dejarnos. Salimos corriendo sin que la dueña del restaurante se dé cuenta. Pobre señora. Pobre estómago.

Kilómetros más arriba, en el control de migraciones echo de menos esa tortilla de camarones luego de probar una especie de estofado de gallina que mi cuerpo recibe sólo para combatir su gastritis. Pagar por ese plato, que termino de devorar en el bus, me presenta a un país económicamente distinto al que conocí en el inicio del siglo.

Después de la zona de frontera, Ecuador me da la bienvenida con dos cárteles que desatarían la ira de Martha Hildebrandt. Los comicios electorales del año pasado dejaron un panel propagandístico donde se consigna la palabra ‘Diputadaso’, cuando según las reglas el sufijo aumentativo es ‘azo’ no ‘aso’. Luego apareció la locura total: ‘Prohivido estacionar’ decía un mural cerca de Machala. Las cartas aclaratorias de la regidora Gloria Montenegro quedan como ‘calichines’ al momento de desangrar al lenguaje castellano.

Esta vez Guayaquil sólo es una ciudad de tránsito. Apenas tenemos hora y media para almorzar en un autoservicio. Lejos, muy lejos está el tiempo cuando el generoso filete de pescado que tengo al frente costaba el equivalente a tres soles. Esta vez he pagado la asesina cifra de 10 dólares con gaseosa incluida. Adiós Guayaquil. Ya no eres el de mis ensueños, el de mis cantares, el de mis ternuras y de mi amores, como te cantan Lauro Dávila con Nicasio E. Safadi.


Hola Montañita
Montañita, un balneario que según Internet es considerado como la capital del surf del Ecuador, ubicado a 200 kilómetros de Guayaquil, me espera. “En este rincón del cielo, la libertad sin prejuicios nos hará sentir como en el paraíso”, dice el portal viajeremos.com de este pueblo.

Montañita es la Torre de Babel. Hay suizos que tienen que hablar alemán o ingles para que los entiendan. Hay franceses, alemanes, brasileños, estadounidenses, chinos, japoneses, escoceses, y toda la legión de latinoamericanos desde argentinos, costarricenses, hondureños, chilenos, colombianos y peruanos como el pacasmayino Yuri Apaéstegui Macedo, conocido como ‘Yuca’, quien tiene uno de los mejores restaurantes de la zona, donde sirve cebiche, causa rellena, lomito saltado, entre otros platos.

También está Frescia Díaz Tasayco, una limeña que vende artesanía y hace trenzas para los turistas que quieren verse diferentes en un lugar diferente. ‘Jade’, un artista que en plenos malabares con fuego se arrepiente de darme su nombre y me pide, con candela en las manos, que no lo publique.

Montañita tiene todos los beneficios y los defectos que ofrece la actividad inventada por los ingleses a inicios del siglo pasado –aunque al principio parecía cosa de norteamericanos, aclara el argentino Martín Caparrós– y que en la actualidad es una de las mejores herramientas para alcanzar el desarrollo. De lo negativo ¿o positivo? del turismo está la presencia de ‘bricheros’ o ‘cazagringas’. Aquí no reinan los mestizos con rasgos andinos, como en el Cusco. Tienen presencia; pero los amos y señores son los negros, que se pasan la mayor parte del día descalzos, con el dorso desnudo y con el pantalón o shorts por debajo de la línea que advierte el inicio del trasero.

Por su condición de destino turístico, este lugar es caro. Muy caro. Un plato de comida en un restaurante decente no baja de cinco dólares. Pero a veces ese dinero está bien pagado cuando lees mensajes tan reveladores y motivadores como el: beer: helping ugly people to have sex since 1862 (cerveza: ayudando a los feos a tener sexo desde 1862).


Hola Quito
Después de 12 horas de viaje en bus llego a Quito, una ciudad que quiere ser moderna a pesar de su agreste geografía y que el 8 de septiembre de 1978 fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad. Es domingo y en la Plaza de la Independencia, cerca de la placa que recuerda esta categoría otorgada por la Unesco, un predicador con traza de reggaetonero (gorra, camisa manga larga por fuera, jeans y zapatillas) habla desde el atrio de la catedral y nadie lo escucha. Quién sí tiene público es un mimo que está a media cuadra y los centros comerciales que venden televisores donde los ecuatorianos están viendo el partido amistoso entre su selección y Estados Unidos.

El centro de Quito está lleno de ciclistas quienes participan en el ciclopaseo, una actividad que se celebra cada 15 días con el objetivo de reclamar un espacio público para la gente que anda en bicicleta. Los amantes del triciclo invaden las principales calles de la ciudad en un circuito de 29 kilómetros de 9 de la mañana a 3 de la tarde. Es un evento familiar, pues es común observar a padres, madres, hijos, hermanos, abuelos y nietos participando.

El orgullo del transporte público en Quito es el metrobús (Trolebús y Ecovía) una especie de metro sin subterráneo. Para subir a uno de ellos hay que pagar en las estaciones o paraderos. Los choferes parecen ejecutivos de banco y no existen los cobradores que en Trujillo y todo el Perú además de mal educados generan miedo.
El costo de vida de Quito es igual al de Lima. Esto quiere decir que para un bolsillo provinciano como el mío es caro; pero no tanto como lo fue Montañita.


Adiós Ecuador
Yo quería redundar el deleite de sentirme millonario en Ecuador, porque no hay primera sin segunda y, además, en la repetición está el gusto, pero hasta entonces no sabía que según Desden, un bello vals, “toda repetición es una ofensa y toda supresión es un olvido”. Ya no te extraño Ecuador.